martes, 16 de marzo de 2010

Al Maestro, con cariño




Creí con resignada tristeza que personajes como Diógenes, importante filósofo de la época de Aristóteles, pertenecían exclusivamente a la esfera de la literatura filosófica. Sin embargo, de modo inesperado y tal vez a modo de revelación, un hombre joven de cuarenta y pocos años al que llamaré “A”, irrumpió en mi vida, y durante dos noches en las cuales compartimos charlas profundas y horas de sinceridad espontánea me demostró que el modelo de vida que el maestro defendió, no sólo es posible, sino que es un difícil camino de cordura y alineación interior que puede transitarse aún en nuestra contemporánea época donde la distracción perpetua, la frivolidad enfermante, y la satisfacción instantánea operan bajo el yugo y el devastador imperio de una sociedad de consumo que nos consume un poco más cada día, en pos de más dinero, más juguetes, más horas no vividas, más compromisos fatuos y más adicciones y dependencias atrofiantes.

Mi amigo, porque lo siento amigo tal vez desde vidas inmemoriales, dejó trabajos, dependencias y jefes. No usa reloj, computadoras ni teléfonos celulares de ningún tipo. No se obsesiona en comprarse ropa ya que invierte lo justo y necesario en dicho rubro y además, le obsequian de vez en cuando modelos en buen estado a los que da buen uso. Pasa la mayoría de su tiempo bajo el cielo de Mallorca junto a su esposa dando masajes “sentidos”, como el mismo lo expresó, a personas de todas partes del mundo que recalan en su camilla montada en la playa.

Cuando las manos y el cuerpo de “A” dicen “basta por hoy” sin respetar jamás ninguna hora más que la del sabio reloj interno, recoge sus elementos de trabajo y con el dinero bien ganado, si tiene ganas, retorna a su austero departamento alquilado o bien emprende una caminata si es que no decide jugar con su perra Chiara, herencia de su pequeña hija quien dejó hace muy poco la tierra para instalarse en el cielo definitivamente.

“Soy feliz” dijo y se lo creo. Presencias así que atraviesan nuestra historia ejercen el impacto de un cachetazo inesperado… pero, como todo aquello que nos conmueve, no deja de ser una bendición disfrazada, una invitación y una esperanza, de modo que una vez más, levanto los ojos al cielo y vuelvo a repetir: ¡Gracias Dios por seguir con tus envíos, esta vez, como tantas, en el envase de otro Maestro!

Como seguidora a ultranza del sendero post-socrático, admiré a Diógenes por su propuesta casi salvaje, su sinceridad visceral y su compromiso con la vida sin rendir culto a ninguna necesidad impuesta desde afuera. Pero, lo confieso: Diógenes estaba guardado en mi corazón como un referente irrepetible, inimitable, estampa emblemática y figura incomprendida como todo grande. Este linyera de la época aristotélica estuvo siempre muy envuelto en esa aura que eterniza a los que han sido únicos, locos imprescindibles, maestros de cordura.

Tan radical era su compromiso con la vida honesta, sin superficialidad ni imposiciones de artificio que históricamente se suele asociar a Diógenes con desorden, enfermedad, y abandono lo cual me parece no del todo correcto y hasta injusto; una visión pobre, prejuiciosa y muy recortada de lo que fue este grande, insolente y provocador maestro nacido en Sínope, en la actual Turquía, en el año 413 a.C. Por cuestiones económicas fue desterrado de su ciudad natal, hecho que tomó con cierta ironía: «Ellos me condenan a irme y yo los condeno a quedarse.» Fue así que anduvo por Esparta, Corinto y Atenas. En esta última ciudad, se hizo discípulo de Antístenes. A partir de entonces adoptó la indumentaria, las ideas y el estilo de vida de los cínicos. Vivió en la más absoluta austeridad y criticó sin piedad las instituciones sociales.

Diógenes, se deshacía de todo aquello que no valiera para nada. Se dice que se deshizo de sus vasos y tazas, cuando descubrió que podía recoger el agua con las manos y beber así. Fue famoso por preconizar un modo de vida austero y renunciar a todo tipo de comodidades, hasta el punto de vivir en un barril. Pero como el mismo preconizaba, no deberíamos recordar a alguien por lo que tenía, sino por lo que era.

“Estaba en una ocasión pidiendo limosna a una estatua. Preguntándole por qué lo hacía, contestó: «Me ejercito en fracasar.» Se extrañaba asimismo de que los gramáticos se ocuparan con tanto celo de los males de Ulises, despreocupándose de los suyos propios; de que los músicos afinaran las cuerdas de sus liras, mientras descuidaban la armonía de sus disposiciones anímicas; o de que los matemáticos se dieran a observar el sol, pero se despreocuparan de los asuntos de aquí; de que los oradores elogiaran la justicia, pero no la practicaran nunca; o de que, por último, los codiciosos echasen pestes del dinero, a la vez que lo amaban sin medida. Reprochaba asimismo a los que elogiaban a los virtuosos por su desprecio del dinero, pero envidiaban a los ricos. Vivía en su tonel famoso y su aspecto era descuidado, su estilo burlón. Era en extremo transgresor.


En sus días, no había ningún alimento en toda Atenas más barato que el guiso de lentejas. Comer guiso de lentejas significaba que te encontrabas en una situación de máxima precariedad. Un día estaba Diógenes comiendo un plato de lentejas sentado en el umbral de una casa cualquiera cuando llegó Aristipo de Cirene, otro filósofo que vivía con lujo adulando al rey Alejandro Magno y le dijo en tono de burla:
“Mira, si fueras sumiso al rey y lo adularas un poco, no tendrías que comer esa basura de lentejas” . Diógenes sin perder la calma, dejó de comer, levantó la vista y, mirando intensamente al acaudalado interlocutor, contestó: Si tú aprendieras a comer lentejas, no tendrías que degradarte adulando al rey.

1 comentario:

  1. ¡Qué suerte tuviste Annie de encontrar una persona con semejante "riqueza" interior!!!
    Besitos

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