martes, 30 de marzo de 2010

Cuando se usa más el medicamento que la cabeza...




Los psicofármacos se han convertido en drogas sociales, esas que los americanos incluyen en el grupo de las llamadas lifestyle drugs (drogas para el estilo de vida), consumidas sin control médico por sectores de poder adquisitivo medio y alto que las utilizan para sostener rutinas que exigen mantenerse al límite del rendimiento, sin angustia y sin claudicaciones. Se trata, de algún modo, de un consumo recreativo, automedicado. Y es por eso que el concepto de "medicalización de la vida cotidiana" circula aquí y en todo el mundo como un sello de época.

En 2004, por ejemplo, la BBC publicó un artículo en el que daba cuenta de que la agencia británica de Medio Ambiente advertía que el agua para consumo doméstico de Gran Bretaña contenía cantidades crecientes de Prozac, el antidepresivo que en los 90 fue bautizado como "la droga de la felicidad". Hace poco más de un mes, un artículo publicado por el diario El País , de España, hablaba de la "depresión por la depresión", como efecto de la crisis, y recordaba que la Organización Mundial de la Salud aconseja por estos días que "no convendría subestimar las consecuencias psicológicas de la crisis financiera".

Las estadísticas revelan que en nuestro país el consumo de psicofármacos es uno de los más altos del mundo. Ansiolíticos, antidepresivos y sedantes son los más buscados. Para los investigadores, las crisis políticas y económicas están en el origen de esta tendencia nacional. Qué dicen las cifras y cómo explican el fenómeno sociólogos, psicoanalistas y psiquiatras


Lo cierto es que, cada vez más, la gente toma medicamentos recomendados por amigos, vecinos e incluso compañeros de asiento en los aviones, que proveen tranquilizantes a quienes tienen miedo de volar. Incluso, los médicos conviven con la presión de los pacientes que piden copias como caramelos, aduciendo que "me las receta mi psiquiatra, pero ahora está de vacaciones".

El doctor Pablo Dimitroff, director médico de los Centros Ambulatorios de Swiss Medical Group, dice que esto efectivamente ocurre, y que en la Argentina resulta difícil "desterrar la figura del médico "recetólogo". Los pacientes no siempre comprenden el grado de responsabilidad que tiene el médico cuando firma una receta".

La mayoría no considera riesgoso automedicarse, y gran parte de los pacientes utilizan por su cuenta una droga con la que ya habían sido medicados anteriormente", afirma el doctor Jorge Franco, a cargo del servicio de Salud Mental del Hospital de Clínicas. Ya en 2002, un trabajo publicado por esa división del hospital-escuela indicó que el 60% de los pacientes consumía medicamentos sin prescripción médica:, el 27.5% lo hacía con drogas de venta libre y 31.9%, se automedicaba. Los fármacos más utilizados en este último grupo fueron los psicofármacos: 59.8%. De este grupo, el 88.8% eran ansiolíticos.

Lejos del ámbito psi, pero con el termómetro de la calle, el actor y escritor Enrique Pinti, dispara con humor en el mismo sentido: "A mí no me jodan. Acá las crisis siempre son bravas, pero no vivimos en Beirut. Hay que preguntar en Irak si toman pastillas. Seguro que no. ¿Por qué pensamos como si fuéramos Hiroshima o Nagasaki? En la Argentina pasan cosas inexplicables y terribles, pero no tanto como para justificar que tengamos que enchufarnos todo el tiempo una pastilla porque somos los más castigados del mundo. Dejamos que las cosas pasen, las permitimos y después no lo asumimos. ¿Sabés por qué? Si algo se asume, genera angustia. Acá, la gente se derrumba y se empastilla en lugar de decir: "A estos hijos de p... ya no les creo". Usamos más el medicamento que la cabeza".

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