

Siempre intenté diseccionar los contenidos del concepto “perfección” para entender algo tan magnánimo y en mi perseverante empeño sólo lograba nuevos escollos mentales. ¿Será que mi propia imperfección me impide llegar a comprender la perfección? Esa duda filosófica me frustraba.
Usted se preguntará a cuenta de qué tanto intríngulis metafísico cuando tareas más concretas nos llaman a atender cuestiones terrenas más tangibles. Y la respuesta es que mi intento de entender la perfección surge de mi perpetuo anhelo de entender a Dios. Así de claro y así de complejo. Menudo desafío. Entender, conocer a Dios como camino para amarlo ya que no se ama lo que no se conoce.
El concepto de “perfección” me remitió siempre a exactitud fría y quirúrgica, a rigor, a poco lugar para la blandura. “Es un blando… es un flojo, no tiene principios firmes”… por lo tanto la perfección se me ocurría implacable. Poco compatible con la ternura, con la mano de mi padre de la tierra.
En mis diálogos con ese Dios a quien quiero sentir “Padre”, su Perfección intrínseca me anteponía un abismo en mi relación con El. Entre la Perfección y yo se interponía un abismo porque este Dios perfecto, en sus designios incomprensibles me distanciaba de su lado más amable, su costado de Amador. ¿Será acaso la ternura, la blandura, sólo para los padres de la tierra? Será por eso que me era tan difícil no temerle a Dios. “Ayudame a no sentirte lejos, implacable y frío. Acercate. Hace algo, le supliqué”.
Así andaba yo en mis relaciones con la Divinidad cuando algo se interpuso en mis especulaciones. Allá por la década del 80 llegó a mi un ejemplar del libro que iba a marcar un antes y un después en mi vida. Alguien puso en mis manos un extraño ejemplar. Se trataba de la traducción de un libro americano llamado LOS DISCURSOS DEL YO SOY que en aquel entonces era toda una rareza y a partir de allí la compañía y las enseñanzas que destilaban de sus páginas iban imprimiendo en mi espíritu una huella diferente a lo que cualquier otro material había hecho hasta la fecha.
Día y noche LOS DISCURSOS DEL YO SOY era mi compañero fiel y a medida que me inspiraba más, yo iba sintiéndolo como una Presencia viva. Sentía que era Dios mismo destilando sus enseñanzas diarias, no como un discurso sino como tierna compañía complaciente y benévola. Nunca este libro llegó a estar en mi biblioteca ya que me costaba separarme de sus palabras amables y transmutadoras.
Los largos viajes en tren se alivianaban y se llenaban de dulzura a medida que sus páginas se iban coloreando con mis rasgos propios, mis marcaciones y signos varios. Así se iba llenando él de mi y yo de él.
Aquella tarde me acomodé en el asiento del tren y ni bien apoyé la frente en el vidrio, la anticipación gozosa que me producía el prepararme para la habitual lectura era ya un placer en si mismo. Del gozo anticipatorio pasé casi al llanto. Simplemente, el libro no estaba. Extraño e imposible. Nadie tenia acceso ni tocado mis cosas pues trabajaba sola, en un lugar cerrado. Revisé y volví sobre mis pasos: el libro que a la mañana estuvo conmigo, pocas horas más tarde había desaparecido. Como vino se fue.
Comprendí el mensaje. Estuvo conmigo el tiempo suficiente y parecía que el momento adecuado de dejarme era ahora. Quien lo haya encontrado tal vez necesitara su sabiduría más que yo.
¿No es esto perfecto? ¿No es la mano Divina? Como el mejor ajedrecista, la mano que me lo trajo en el momento justo, también lo sacó de mí en el momento apropiado. La jugada perfecta, el Arquitecto implacable estaba otra vez trazando las líneas. Y nuevamente, sentí el frío metálico que impone el corte perfecto del cirujano sabio. Sanador pero con herida y cicatriz incluida. Me habían amputado fríamente lo que era casi ya una parte de mi cuerpo, me habían quitado un trozo de corazón, sin aviso ni anestesia.
Le daba vueltas y sabia que en el gran juego, todo tiene su tiempo exacto y la perfección rigurosa del Padre zanjaba un abismo mas profundo.
Yo estaba edulcorada en las palabras que salían de mi libro y me hablaban de la Gloria y la Benevolencia Divina cuando esta misma Gloria me hizo estallar en lágrimas. Ahora ese Padre, no solo era todavía más lejando, sino también caprichoso, y tal vez sordo al clamor de sus hijos.
Los días pasaron y mi pena no menguaba. Las dulces meditaciones de mi amado Libro eran una ausencia muy presente. ¿Me hace algo el Padre del Cielo que nunca me haría el Padre de la Tierra, siendo aún más imperfecto?
Estaba herida, desconsolada y confundida. Quería querer a Dios, acercarme y que se me acercara y cuando más cercano lo sentí, me dio la espalda.
En esos compungidos días, una encomienda misteriosa llegó a mi casa. Venía a mi nombre y del sur. Mi tía me decía que una inundación había destrozado una considerable cantidad de libros de una librería amiga y que la dueña del comercio se los obsequió. Sin saber que hacer con ellos, me los remitió. Abrí la caja y efectivamente, los ejemplares estaban descoloridos, apelmazados y casi inútiles. Excepto uno: grande y hermoso, marcado por el agua que lo inundo con un color amarillo dorado. Vi su título. Cerré los ojos. El libro volvió a pasar por la lluvia de mis lágrimas. El que puso una vez el libro, puso por segunda vez en mis manos un ejemplar de LOS DISCURSOS DEL YO SOY.
Dios sabe cuál es el momento para obrar!
ResponderEliminarCariños
Elsa
Hola Annie!! que hermoso lo que comentás!!! con que sencillez plasmas el "Amor infinito e incondicional de nuestro Padre para con sus hijos !!
ResponderEliminarBesoss Patricia