

De chicos nos decían que teníamos un ángel que custodiaba nuestros caminos y nos llevaba de la mano. La estampa hermosa nos mostraba al niño caminando con su ángel a su lado.
Luego, al convertirnos en adultos fuimos sintiendo que esta imagen era sólo de estampitas de primera comunión. Qué curioso… decimos: “eso es cosa de niños”. Pero como bien saben las Kaunas, las místicas sacerdotisas de Hawai, y como lo dice la Biblia: …”Los niños heredarán la tierra” o “Yo os aseguro: si no os hacéis como niños de nuevo, no entraréis en el reino de los cielos”.
Los niños poseen el corazón de saber y de ver, y es el niño dentro de nosotros la clave de nuestra trascendencia. El niño posee esa capacidad maravillosa de estar en el presente. Cuando juega, juega, cuando se acuesta, duerme, cuando come, come.
La capacidad de estar plenamente en el presente es lo que nos vamos quitando nosotros mismos a medida que ingresamos al mundo adulto. Un mundo de ficciones, donde dejamos de jugar, de estar aquí y ahora y de ser inocentes.
El grave error es creer que el niño murió. Pero ese niño no murió. Está muy dentro nuestro, atrapado y con ropas de adulto, pidiendo que no lo ignoremos. Una vez que volvamos a reconectar con este niño que llevamos dentro, nuestro yo infantil se percata de que lo estamos re-conociendo y estamos dispuestos a escuchar sus pedidos y reclamos. Pedidos de comprensión, de consuelo. Es el yo infantil abandonado, dejado a la deriva y olvidado el que ruega por ser escuchado. Una vez que comprende que como adultos, hemos venido a rescatarlo con sinceridad, atención y compasión derrama lágrimas de liberación… nuestra atención es la respuesta a sus plegarias.
En cuanto nuestro yo infantil alcanza la paz, nosotros también la alcanzamos. Si no estamos en paz es porque nuestro yo infantil está en conflicto. Cuando traemos paz a nuestro yo infantil podemos recuperar y mantener el equilibrio emocional.
Nuestro deseo de reconectar con nuestro propio yo infantil y de desarrollar una relación consciente con esta parte inocente y preciosa de nuestro ser es lo que separa la paja del trigo. Nunca es demasiado tarde para tener una infancia feliz, sobre todo si nos percatamos de que no existen adultos en el cielo.
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